En Salento

En Salento
Salento-Quindío-Colombia

lunes, 19 de abril de 2010

MEMORIA DEL OLVIDO: Un poema del poeta argentino Norberto Barleand


.

          Norberto Barleand


Memoria del olvido

No quisiera perderme en la penumbra.


¿Qué decir del cántaro y la lluvia?
La mirada a trasluz se perdió entre los témpanos,
en aquellas máscaras que parecían sonrisas.


Hoy
las venas golpean claveles
                                       perfumados de miedo.


No quisiera las huellas a mitad del sueño,
la raíz deshojada en el silencio.


En las epopeyas de mis gestos
distantes de las águilas y el canto
persigo los rastros de acordes inconclusos.


¿Qué sucedió en la muchedumbre de estas manos?


No pudieron contener las avalanchas del odio.
Sucumbió con la tragedia,
en un vacío de sombras y exilios.


¿En qué sitio se erigió el muro de la indiferencia?


Los salmos del dolor esculpieron las efigies,
la derrota acosaba con sus lágrimas
la sin-razón de un tiempo de diluvios.


¿Quiénes acompañaron el vuelo de palomas
cuando el aire se llenaba de hollín
y en el cielo estallaban ciénagas de espanto?


¿Por qué este crujido?
¿Por qué el amuleto de túnicas trepando la impostura?
¿Quiénes esconden la deshonra?


La hondura del dolor
                              no cobija traidores
aún cuando huele a primavera
y es madrugada en los gemidos
de la ausencia.
El poema Memoria de olvido, del escritor argentino Norberto Barleand, pertenece a su libro Duelo de la memoria.













.

sábado, 10 de abril de 2010

INFANCIA: Un poema de la poeta argentina María Silvia Paschetta

.


           María Silvia Paschetta


La infancia fue de luz
                            también
                            de llanto
                            de derramar asombro
a cuatro vientos
                           de creer en las vías
                           y en los trenes
                           de preguntar creyendo

La infancia fue desierto
                           mar
                           arena

La infancia fue buscar
lo que aún no encuentro.






.

viernes, 19 de marzo de 2010

LOS DONES OCULTOS: Un poema de la poeta colombiana Matilde Espinosa

.
El 19 de marzo de 2008 falleció Matilde Espinosa, una de las más altas voces de la poesía colombiana del siglo XX. En nuestro Blog la recordamos rindiendo homenaje a sus palabras:



LOS DONES OCULTOS


Saber callar
en el instante mismo de la pena
cuando los labios – roto temblor –
entierran la palabra y el sollozo.



No recordar el nombre
de quien alguna vez
nos hizo daño.



Ignorar la mirada
que te empaña la hora
de un transparente día.



Dolerte de la bestia
pequeña y extraviada,
dolerte de su sed.



Abrirle espacio puro
al pájaro que equivocó su vuelo
y tropezó en tu espejo.



Escuchar a los niños
como si fueran viejos
y tomar sus palabras
con el gozo infantil
de un recodo lejano.



Saber llegar a tiempo
y colmar de esperanza
la ansiedad del que espera.



Entender las criaturas
sabiendo que sus gestos
son el lenguaje claro
que nos descubre el mundo
que llevamos por dentro.


viernes, 5 de marzo de 2010

Viento sobre el río Guaitara

Cuando fluye el camino
es necesario abandonarse a él
dejando atrás lo que no debe ser mirado
otra vez
y otra vez.
Sólo el viento
podría soplarme una verdad ahora
y el río helado
que tropieza con sus piedras
grandes
chicas
tantas veces
y aún así
sigue fluyendo vigoroso.


Rumichaca (Frontera Colombia-Ecuador), febrero, 2010








.

domingo, 21 de febrero de 2010

EL SUR: Un poema de Lucía Alejandra Cobo Quintero

He visto playas interminables de un mar fuerte y profundo.
He visto agua como mar en las montañas.
He visto ciudades grandes, pequeñas, medianas, de estos tiempos y de otros.
He visto a las montañas subir hasta el cielo y desaparecer entre las nubes.
Y vi esos atardeceres pintar la blanca ciudad de colores, y sentí la cálida brisa pasar corriendo por mi lado contando historias de Farallones!

Wayra, La paz, Boliva. 20 de febrero de 2010







.

domingo, 14 de febrero de 2010

Hallazgo de la vida: Un poema de César Vallejo


¡Señores! Hoy es la primera vez que me doy cuenta de la presencia de la vida. ¡Señores! Ruego a ustedes dejarme libre un momento, para saborear esta emoción formidable, espontánea y reciente de la vida, que hoy, por la primera vez, me extasía y me hace dichoso hasta las lágrimas.

Mi gozo viene de lo inédito de mi emoción. Mi exultación viene de que antes no sentí la presencia de la vida. No la he sentido nunca. Miente quien diga que la he sentido. Miente y su mentira me hiere a tal punto que me haría desgraciado. Mi gozo viene de mi fe en este hallazgo personal de la vida, y nadie puede ir contra esta fe. Al que fuera, se le caería la lengua, se le caerían los huesos y correría el peligro de recoger otros, ajenos, para mantenerse de pie ante mis ojos.

Nunca, sino ahora, ha habido vida. Nunca, sino ahora, han pasado gentes. Nunca, sino ahora, ha habido casas y avenidas, aire y horizonte. Si viniese ahora mi amigo Peyriet, les diría que yo no le conozco y que debemos empezar de nuevo. ¿Cuándo, en efecto, le he conocido a mi amigo Peyriet? Hoy sería la primera vez que nos conocemos. Le diría que se vaya y regrese y entre a verme, como si no me conociera, es decir, por la primera vez.

Ahora yo no conozco a nadie ni nada. Me advierto en un país extraño, en el que todo cobra relieve de nacimiento, luz de epifanía inmarcesible. No, señor. No hable usted a ese caballero. Usted no lo conoce y le sorprendería tan inopinada parla. No ponga usted el pie sobre esa piedrecilla: quién sabe no es piedra y vaya usted a dar en el vacío. Sea usted precavido, puesto que estamos en un mundo absolutamente inconocido.

¡Cuán poco tiempo he vivido! Mi nacimiento es tan reciente, que no hay unidad de medida para contar mi edad. ¡Si acabo de nacer! ¡Si aún no he vivido todavía! Señores: soy tan pequeñito, que el día apenas cabe en mí!

Nunca, sino ahora, oí el estruendo de los carros, que cargan piedras para una gran construcción del boulevard Haussmann. Nunca, sino ahora avancé paralelamente a la primavera, diciéndola: «Si la muerte hubiera sido otra...». Nunca, sino ahora, vi la luz áurea del sol sobre las cúpulas de Sacre-Coeur. Nunca, sino ahora, se me acercó un niño y me miró hondamente con su boca. Nunca, sino ahora, supe que existía una puerta, otra puerta y el canto cordial de las distancias.

¡Dejadme! La vida me ha dado ahora en toda mi muerte.









.

lunes, 25 de enero de 2010

El pozo: Un fragmento de la primera novela de Juan Carlos Onetti

Juan Carlos Onetti
(Montevideo, 1909 - Madrid, 1994)


El pozo (1939)



          Hace un rato me estaba paseando por el cuarto y se me ocurrió de golpe que lo veía por primera vez. Hay dos catres, sillas despatarradas y sin asiento, diarios tostados de sol, viejos de meses, clavados en la ventana en lugar de los vidrios.
          Me paseaba con medio cuerpo desnudo, aburrido de estar tirado, desde mediodía, soplando el maldito calor que junta el techo y que ahora, siempre en las tardes, derrama adentro de la pieza. Caminaba con las manos atrás, oyendo golpear las zapatillas en las baldosas, oliéndome alternativa­mente cada una de las axilas. Movía la cabeza de un lado a otro, aspirando, y esto me hacía crecer, yo lo sentía, una mueca de asco en la cara. La barbilla, sin afeitar, me rozaba los hombros.
          Recuerdo que, antes que nada, evoqué una cosa sencilla. Una prostituta me mostraba el hombro izquierdo, enrojecido, con la piel a punto de rajarse, diciendo:
           —“Date cuenta si serán hijos de perra. Vienen veinte por día y ninguno se afeita”.
          Era una mujer chica, con unos dedos alargados en las puntas, y lo decía sin indignarse, sin levantar la voz, en el mismo tono mimoso con que salu­daba al abrir la puerta. No puedo acordarme de la cara; veo nada más que el hombro irritado por las barbas que se le habían estado frotando, siempre en ese hombro, nunca en el derecho, la piel colorada y la mano de dedos finos señálandola.
          Después me puse a mirar por la ventana, distraído, buscando descubrir cómo era la cara de la prostituta. Las gentes del patio me resultaron más repugnantes que nunca. Estaban, como siempre, la mujer gorda lavando en la pileta, rezongando sobre la vida y el almacenero, mientras el hombre tomaba mate agachado, con el pañuelo blanco y amarillo colgándole frente al pecho. El chico an­daba en cuatro patas, con las manos y el hocico embarrados. No tenía más que una camisa remangada y, mirándole el trasero, me dio por pensar en cómo había gente, toda en realidad, capaz de sentir ternura por eso.
          Seguí caminando, con pasos cortos, para que las zapatillas golpearan muchas veces en cada paseo. Debe haber sido entonces que recordé que mañana cumplo cuarenta años. Nunca me hubiera podido imaginar así los cuarenta años, solo y entre la mugre, encerrado en la pieza. Pero esto no me dejó melancólico. Nada más que una sensación de curiosidad por la vida y un poco de admiración por su habilidad para desconcertar siempre. Ni siquiera tengo tabaco.
          No tengo tabaco, no tengo tabaco. Esto que escribo son mis memorias. Porque un hombre debe escribir la historia de su vida al llegar a los cua­renta años, sobre todo si le sucedieron cosas interesantes. Lo leí no sé dónde.
          Encontré un lápiz y un montón de proclamas aba­jo de la cama de Lázaro, y ahora se me importa poco de todo, de la mugre y el calor y los infelices del patio. Es cierto que no sé escribir, pero escribo de mí mismo.
 ......................







.



jueves, 31 de diciembre de 2009

TU NOMBRE CANTO Y GUITARRA: Un poema del poeta argentino Norberto Barleand



Pronuncio tu nombre
entre los pétalos y el alba,
humedecida en los charcos
del canto y de las guitarras,

silencio que se hace llanto
laguna de la nostalgia
bebo la rosa, el viento
tu sonrisa en la distancia,

agua de bruma y sueño
árbol de hojas mansas
fatiga de los recuerdos
sembradura del sol que avanza

beso tus labios frescos
de fresca espuma y romanza
cuando la voz se desliza
y la noche se descalza

alumbra tu cuerpo y canta
con voz sonora y guitarras
prendida al faro del ruedo
colina de la esperanza,

acudo a tus pies y grito
con toda la luz del alma



.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

VILLANCICO: Poema de la poeta española GLORIA FUERTES música de PACO IBAÑEZ


Ya está el Niño en el portal,
que nació en la portería.
San José tiene taller,
y es la portera María.

Vengan sabios y doctores
a consultarle sus dudas,
el Niño sabelotodo
está esperando en la cuna.


Dice que pecado es
hablar mal de los vecinos
y que pecado no es
besarse por los caminos.

Que se acerquen los pastores,
que me divierten un rato,
que se acerquen los humildes,
que se alejen los beatos.

Que pase la Magdalena,
que venga San Agustín,
que esperen los Reyes Magos
que les tengo que escribir.









viernes, 11 de diciembre de 2009

LOS LETRADOS: Un poema del poeta chileno Gonzalo Rojas





          Gonzalo Rojas

Lo prostituyen todo
con su ánimo gastado en circunloquios.
Lo explican todo. Monologan
como máquinas llenas de aceite.
Lo manchan todo con su baba metafísica.

Yo los quisiera ver en los mares del sur
una noche de viento real, con la cabeza
vaciada en el frío, oliendo
la soledad del mundo,
sin luna,
sin explicación posible,
fumando en el terror del desamparo.






.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Los ríos han crecido: un poema de la poeta colombiana Matilde Espinosa



¡Los ríos han crecido!
Su torrentera insomne
Desdibuja los rostros
De párpados abiertos,
En su delirio de piedras y raíces.

Crecen sobre las olas
Los cuerpos arrancados
De la noche,
Sin luceros ni orillas,
Sin el aire caliente
Que hincharon las palabras,
Las últimas palabras.

En su vientre, los ríos
Levantan cementerios
Y la muerte se cierra
En círculos morados
Que sacuden los peces
Y devoran la sangre.

En cada espuma verde
Viajan los niños muertos,
Y en cada brazo de agua
Se preguntan las madres:
¿dónde sus nidos tiernos?
¿Dónde su arteria rota
Clamorosa de arrullos?

En las gradas del alba
Van subiendo esqueletos
Con su carga madura
De grávidos espinos,
Y una afrenta de espigas
Que hace temblar la yerba.

¡Los ríos han crecido!
Un bosque humano lanza
Sus yemas al océano
Y las venas desatan
Palpitantes cordajes
Donde se estrella el viento
Y ensancha el corazón.

Volverán de los ríos,
Crecidos por la sangre
Y los hondos suspiros,
En madurez violenta
De secreta victoria
Para que sea más cierta
La pureza del agua.

.

sábado, 21 de noviembre de 2009

DESTERRADO: Un poema del poeta argentino Hugo Francisco Rivella


cada palabra la repito a llanto de lágrima caída.
a cimbronazo de camión en llanta
a trueno en un hospicio de madrugada enferma
con qué puñal te he herido en el intento
con qué garras te arañé los pasos
en qué espejos te buscan los huecos de mi sangre las espinas sedientas que repiten tu nombre
desanúdame el viento de esta degolladura
y déjame correr hacia la noche
entrequiéreme el rastro que he perdido
el círculo de un agua que me ahoga
cada palabra en tanto es un mazazo sobre el cadáver de este mi esqueleto
y ya no hay letra que me escarbe el alma
ni caballos de sal bajo la luna que por mi muerte piafen
si fue grande el amor y lo vivido tan frágil que se rompe
cómo podré salvarme desterrado
y en el destierro olvidar tu olvido







sábado, 14 de noviembre de 2009

Cuaderno de Clase: Un cuento delNorberto Barleand


Ayer, mientras acomodaba libros, encontré un cuaderno, es mío? de que grado?, las letras, los números, las rayas borroneadas de tinta y pupitre encendían mi angustia, desconocía si esa letra, pertenecía al lenguaje que acompañó la vida o era de algún coleccionista de fábulas solemnes que invadió los estantes de mi casa.
Separé las hojas amarillas de las blancas, parecían guardapolvos de tiza enfundando al niño que fui hace muchos años.
Arranqué las tapas, eran duras, parecidas al Himno, a la bandera de ceremonias, al augusto prócer del mármol que muy serio controlaba mi entrada a la escuela todos los días., bendecidos de gloria y de olvido.
Siempre tuve dudas de ellos, de los próceres, digo, tan erectos, malhumorados, en fin, nuestra historia narrada desde la epopeya, la furia y la bravata.
Nada sabía del mundo entonces ,tampoco del concepto de justicia y libertad, la lucha era una pelea por un gol en el potrero.. Nada más, poco, muy poco..
Tan chico era el mundo? No, el chico era yo.
Transcurría un tiempo de posguerra, paisaje en blanco y negro, oscuras bombas, desgarros…
Cadáveres por millones mutilados, pueblos y ciudades destruidas, muerte con olor a muerte, llanto de luto en pupilas de madres, desconsuelo. Horror. Tragedia.
Poco conocía desde mis ojos de barrio, solo gorriones y ciruelos, hurgaba las medias de las tías, acaso las de mi madre para llenarlas de papeles y hacer una de trapo, jugar, patear al arco imaginario del futuro.
Como sería? El futuro digo, como sería?
Un pasillo largo y dos grandes patios tenía la casa (conventillo), muchas macetas, piletas de lavar, mucha, mucha gente, todo o casi todo sucedía allí y en el empedrado de ese barrio austero y murmurante… nosotros en la calle, pateando la de goma, la de cuero en los baldíos., un frente a frente, punta y taco rango y mida y qué se yo…….
Supe después, no tanto tiempo más adelante, ya crecido y de pantalones largos que la muerte era parte de la vida, que los muertos eran siempre los mismos.
Que protagonizamos la gran gesta americana, de la América Nueva, ajada y partida, del inca y los milagros, del mestizo o el indio rescatando la memoria, Pueblos, Patria postergada, Revolución, Guerra Fría, Imperialismo y cuanto más ingresó a mi vocabulario, a formar parte de todo aquello que rodeaba el entorno de los días, tal vez de una generación de ideales, sueños y tormentas.
Decía en todo el recorrido que los muertos eran siempre los mismos, es decir, del mismo palo, casi del mismo lugar de pertenencia, venían del corralón y del trabajo, humildes, anónimos, sin cruz y sin espada, con la sombra de un pan en cada mano y un grito de impotencia en las gargantas.
El mundo era el mismo y diferente, los pueblos eran tortas de reparto, los niños golondrinas que no vuelan, el fuego, cenizas caminando por los charcos del dolor y la ignominia.
Las leyes aun son perros que no ladran, se aplican por arriba y desde arriba, la paz es un cabildo de palabras que preludian el espanto de una guerra.
Aun así
Los sueños fueron planetas compartidos, utopías que alumbraron el camino, los días del sol, las primaveras, el amor, los hijos, un poema a la alegría del canto y los anhelos.
Alejé el dolor de lo perdido para disfrutar la aventura cada día, la témpera y el verbo en las colmenas.
A esta altura, el cuaderno observa mi rostro, una mirada adulta, la sonrisa de un niño que se aleja perdido entre sus hojas.
Intento ver una señal para reconocerme en él, busco hasta el final, página por página y aparece un olor sepia y acuarela, solo eso..
Resignado, cierro y lo elevo hacia la biblioteca para guardarlo definitivamente, cuando de pronto cae una hoja, una hoja despegada del resto, una hoja de recuerdo y porvenir.
Desteñido, arrugado, observo un dibujo, los arcos, la pelota y los nombres de ellos, de todos, desprolijos, juntos los nombres de mis compañeros del equipo que jugó los Campeonatos Infantiles “Evita” el “Sirdar”, por el frigorífico que luego para el ascenso se llamó “Carlos Gardel”
Era como una foto perforada de nostalgia, salimos subcampeones.
No sé en qué naufragio se perdió la medalla que me entregaron aquel domingo de verano, tan distante, tan lejano pero bueno…, ahora tengo el testimonio de este cuaderno recuperado
los pantalones cortos,
las medias caídas,
la camiseta afuera.
Norberto Barleand
y un grito de gol!!!!!!!!!!!!!!!!!!



lunes, 2 de noviembre de 2009

DEL CAMINO



Si me desvela la promesa de tu risa, esa que se desgrana en los arrecifes de mi último sueño,
allí tu sombra me sigue y no acepta mi recuerdo.
Vengo de un país donde no brilla más el sol sino el cuchillo que aniquiló los cuerpos
y los volvió carne sin nombre bajo otros miles de cuerpos.
Pero traigo en mi mochila los dibujos tejidos por los indios paeces con sus largos hilos,
sus nudos y sus voces entrecortadas en mi memoria.
Un laberinto es ahora mi escritura
y un andrajo el camino que he dejado atrás.
Yo le miro cubrirse el rostro con sus manos para no responderme,
sabe que sólo yo sé de qué estaba hecha la sustancia de su vacío
y de su sombra
y del árbol de la madera de su lápiz.
Sabe que sólo yo sé lo que él y yo esperábamos bajo la luz de un amanecer olvidado en ese laberinto.

.







.


.
.
.
.

.



Comentarios y contacto

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *